
Rafael Algarra,
en el baile de las trasmigraciones
Dice Rafael Algarra que el origen de su novela
La Dama del Frío (Maikalili Ediciones) fue un sueño
que le abrió las puertas a una narración
cargada de biografía,
o -como diría Tabucchi- de autobiografías ajenas,
de historias, retornos en el tiempo, e incluso de vidas pasadas,
de vidas, en definitiva, después de la vida.
Leyendo La Dama del Frío me venían a la memoria unos versos desperdigados de Kavafis: “voces imaginarias y amadas / de aquellos que murieron o de aquellos que están / como los muertos, perdidos para nosotros. / A veces nos hablan en sueños; / a veces, en su imaginación, las oye el pensamiento / y, con su sonido, retornan por un instante / ecos de la poesía primera de nuestra vida, / como música que en la noche se extingue lejana.”
Y es que la última novela de Rafael Algarra es un relato en el que, como en el poema de Kavafis, transitan las voces imaginarias y amadas de aquellos que murieron o que , como dice el poeta, están también, como los muertos, perdidos para nosotros... Voces que en el relato se revelan , a veces, mediante el sueño, y que van dirigidas directamente al pensamiento, a la reflexión.
Una historia de fantasmas ‘reales’
Como aviso para navegantes lo primero que debería saber el lector es que La Dama del Frío es como la caja china de un prestidigitador que esconde en el interior de su relato otras pequeñas cajas. Pues aunque la línea argumental se vertebra en torno a un vagabundo, que acabó recalando en la playa de L’Estartit , y a quién Rafael Algarra llegó a conocer bien, y su acción se sitúa en el horizonte mágico de las Islas Medas, la novela le sirve al escritor de escenario natural en el que reconstruir la tragedia ‘mínima’ de unos personajes condenados a reencontrarse desde el principio de los tiempos. Tema que le permite a Rafael Algarra ahondar en la práctica siquiátrica de las regresiones hipnóticas, en un intento de tratar de explicar el presente. Como si se tratara de un misterioso baile de reencarnaciones y máscaras en el que se intercambian e invierten los papeles, moviéndose con soltura en el peligroso filo de la cordura, la explicación científica, y el pensamiento esotérico.
“-Las experiencias del conde de Rochas,-escribe Rafael Algarra haciendo referencia a uno de los pioneros del espiritismo-, fueron apasionantes. Supongo que debes conocer la historia de la joven Joséphine. Fue la primera paciente con la que consiguió una prueba irrefutable de regresión. Después de hipnotizarla mediante pases, magnetizándola con sus manos, primero consiguió hacerle recordar episodios de su vida intrauterina, para luego ir retrocediendo hasta antes de que naciera. Profundizando aún más el sueño magnético, Josephine habló con voz de hombre y dijo llamarse Jean Claude Bourdon, nacido en mil ochocientos doce, en Champuent.
-Tonterias –le replicó madame Brossier-. Si eso fuera cierto, ¿cómo es que ninguno de nosotros recuerda nada de sus vidas anteriores?
-Los griegos lo atribuían a que antes de regresar a la vida corporal bebemos de las aguas del río Leteo. Pero la ciencia moderna lo atribuye a que una vez que traspasamos el útero materno, actúa la oxitocina; una hormona que regula las contracciones uterinas en el momento del parto, que provoca amnesia en animales de laboratorio. “Es por bondad de la naturaleza que no recordamos nuestros nacimientos anteriores”, una afirmación que no es mía sino de Gandhi, que decía que la vida sería una carga insoportable si arrastráramos todos los recuerdos de nuestras vidas pasadas.
-Eso es una creencia que no sostiene ni acepta la Iglesia Católica –insistió en contradecirle madame Brossier.
-Los primeros Padres de la Iglesia creyeron en la reencarnación hasta el sexto Concilio de Constantinopla el año cincuenta y tres, después de Cristo, cuando el emperador Justiniano cerró la escuela Neoplatónica en Atenas y desterró sus enseñanzas. A dicho congreso se negó a asistir el Papa Virgilio y San Francisco de Asis, por no estar de acuerdo con las exigencias del tirano. San Agustín decía que “el mensaje de Platón, era el más puro y luminoso de toda la filosofía”, y por si no lo sabes, el gran filósofo griego no pone en duda la metempsicosis o trasmigración de las almas. Incluso nos habla de ellas en el diálogo de Fedon y en su obra Gorgias , cuando atribuye a Sócrates la frase: “¿quién sabe si vivir es morir y morir es vivir?”.
La cita es larga pero creo que sirve para dar una idea de la dimensión esotérica que adquieren algunos diálogos y situaciones de La Dama del Frío. Novela que al lector, y al crítico, a veces le pueden hacer pensar que está ante uno de esos relatos de tesis filosófica del siglo de las luces. No en vano el eje central es , como ya hemos dicho, el roussoniano tema del buen salvaje y la crítica social, aunque la ambientación contemporánea nos remita a Internet o a técnicas sicoanalíticas. Y sin que falte, tampoco, la presencia continua del mar y del paisaje ampudanés:
“A aquellas horas de la mañana la playa estaba aun desierta. Si bien algunos bañistas dispersos tomaban el sol, desnudos, ocultos tras los matorrales de las dunas. La inmensa vastedad de arenas se extendía solitaria desde el pueblo de L’Estartit hasta la playa de Pals, sólo interrumpida por los ríos Ter y Daró. Aunque este último fuera un río más simbólico que real, porque estaba seco, ya que los cultivadores de arroz utilizaban sus aguas para inundar sus campos. Las serenas marismas, próximas a la desembocadura del Ter, albergaban simpáticos patos silvestres de cuello verde, seguidos de su vivaracha prole, que parpaban entre los juncos. Los Martín pescador levantaban su alborotado vuelo para después posarse sobre las ovejas que se dejaban espulgar en un intercambio de tú me alimentas y yo te libro de un incómodo piojo mientras pastaban próximas a los cañaverales. Una plaga de gaviotas picoteaba entre los detritos generados por la orolifera presencia humana, junto a la orilla del mar”
Datos para una biografía apresurada
Rafael Algarra Bernabeu nace el 1 de septiembre de 1945 en Barcelona, ciudad en la que cursa sus estudios de Piloto y Capitán de la Marina Mercante. Profesión que le haría navegar durante más de catorce años por África, Sudamérica, Norteamérica y Alaska. Así como por el Pacifico Sur y las ensoñadoras islas de Tahití, Bora Bora, Rahiatea, Huahine y Ranguiroa. Y que en su últimos años como marino, enrolado en la compañía Marasia, le llevan a cubrir la línea regular que enlaza Sudamérica con Australia e India . Viajes plagados de historias, peligros y ‘aventuras’, -y algunas veces también monotonía-, de los que Rafael Algarra no suele hablar mucho, aunque, cuando se le suelta la lengua, lo hace cargando su mirada de malicia y espíritu burlón. Un espléndido material biográfico que estoy seguro que no tardará en formar parte de sus novelas.
Escritor profundamente inquieto, e interesado desde siempre por las nuevas tecnologías, Rafael Algarra ha ofrecido también sus obras a través de la ‘navegación’ por Internet, en experimentos editoriales, como el de su novela histórica Oruch (publicada desde las páginas de http://www.thalassa-online.com). Novela que versa sobre un controvertido corsario de finales del siglo XV y principios del XVI que aterrorizó a los pueblos ribereños del Mediterráneo, y que a pesar de ser griego luchó en favor del turco y siendo cristiano abjuró de su fe para profesar la religión musulmana. Todo un personaje, rescatado de los archivos y reconvertido en epopeya.
Como Herman Melville, Conrand, o Jack London , Rafael Algarra es un viejo lobo de mar que nunca ha dejado de entregarse al difícil y solitario arte de ‘marear’ la literatura. Dedicación que le ha llevado a ser autor de doce novelas, diez obras de teatro, veinte narraciones cortas y más de ciento sesenta sonetos. Con títulos entre los que destacan las obras de teatro Alejandro Malaspina, o Caos; y las novelas El caballero de las islas del viento, La ruta de la dama blanca, Muñecas de ébano, o su última entrega La Dama del frío. Una novela de múltiples lecturas, escrita con agilidad, y que mantiene en todo momento la complicidad del lector y plantea enigmáticas preguntas sobre la vida y la muerte. .
Miguel Morales
